Home / Area / COLUMNA DE OPINIÓN Diario Constitucional y Derechos Humanos Nro. 227 – 06.05.2019


COLUMNA DE OPINIÓN

Igualdad y discriminación (Parte II)

Por Jorge H. Sarmiento García

Como es tan sólido el fundamento de la igualdad esencial que descubre la razón, no hay temor en reconocer las desigualdades accidentales, ante las cuales la igualdad social –basada, reiteramos, en la esencial– lejos de pretender la imposible supresión de todas, exige en algunos casos su enquiciamiento (p. ej., entre ricos y pobres) y en otros su desarraigo (v. gr., exclusiones por motivos raciales), fomentándolas (así, entre varón y mujer) siempre en cuanto razonablemente sirvan al concurso y a la comunicación, a la vida y al movimiento: no olvidemos que en el universo, incluido el del hombre, es menester para su desenvolvimiento la diferenciación, que implica la desigualdad.

El esfuerzo ante tales desigualdades debe por tanto centrarse no en la pretensión del utópico idealismo igualitario que quiere que todas desaparezcan, sino en que ellas sirvan para la comunicación, no para la exclusión, y que no rompan la igualdad de esencia y la comunidad primordial que supone, respetándolas, favoreciéndolas y sancionándolas en tanto diversifican la vida humana e intensifican en ella la abundancia de los cambios.

La igualdad esencial es primordial, las desigualdades son secundarias; y la igualdad social –como expresión o desarrollo de la esencial en el orden social– exige que la justicia recorra y ajuste las desigualdades accidentales, restableciendo así la igualdad bajo la forma de identidad relativa en el tratamiento de cada uno o armonía viva.

Con especial referencia a las abundantes desigualdades que proceden primordialmente de la originalidad irreductible y de la vida propia de lo social, casi siempre los hombres las hemos engrandecido, esforzándonos por endurecerlas y estabilizarlas incluso mediante la coacción y el temor; y así por ejemplo, se ha tratado como “hombre inferior” al ubicado en partes inferiores de la estructura social, haciéndole experimentar, como una inferioridad de esencia, su condición, con violación del orden natural y de las virtudes bíblicas.

Y también se ha puntualizado que siempre y en todas partes existen insensatos que pretender erigir a las desigualdades en un estado de servidumbre social para los grupos humanos que suponen inferiores, con que conducen a la perversión de la vida política y a la barbarie.

Ante tales perversiones, se evidencia la proclamada necesidad de vigencia de la justicia, que “dando a cada uno lo suyo” –lo que no es igual que “dar a todos lo mismo”– posibilite que las desigualdades sirvan para ayudar y cooperar, no para dominar; que las posiciones sociales más elevadas no sean inaccesibles y que cada uno pueda llegar a ellas según sus dones y esfuerzos; que en cualquier estructura social en que se encuentren los hombres, tengan las mismas posibilidades de arribar, según su empeño y condición, a su plenitud humana; que los débiles y menos dotados participen en los bienes que les son necesarios; etc.

Es esta concepción de la igualdad, plena de justicia, la que debe recoger y desarrollar el derecho positivo y actualizarse en la realidad existencial, sin reivindicaciones de total nivelación como pretende el igualitarismo utópico, que ha llenado al mundo de fermentaciones malsanas.

Y debe recalcarse que el principal de los derechos naturales –al punto que sin él los demás no pueden siquiera existir–, la inviolabilidad de la vida humana, no sólo suele ser ignorado sino que también se pretende eliminarlo para las personas por nacer, inocentes e indefensas, cuya vida es inviolable. Se preconiza la despenalización del aborto procurado, que es la discriminación mayor que puede hacérsele a cualquier ser humano inocente: quitarle la vida.

En suma, hay que estar absolutamente en contra de las discriminaciones arbitrarias, irrazonables, injustas; y cuando se discrimina, hay que hacerlo justamente, respetando lo que certeramente y hace ya mucho tiempo dijera la Corte Suprema de Justicia de la Nación: la igualdad ante la ley consiste en que no se establezcan excepciones o privilegios que excluyan a unos de lo que se concede a otros en iguales circunstancias.

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